Catatonia: la ciudad de los Latentes | Capítulo 1 y 2

23:44

¡Hola a todos!
Aquí les traigo un adelanto de la segunda entrega de la trilogía Niños del Inframundo, Catatonia: la Ciudad de los Latentes.






Estoy casi seguro que este será el único post donde adelantaré material referente a esta secuela, por lo que aprovecharé para dejar la sinopsis (la cual ya he publicado aquí) y el capítulo 1 (que publiqué hace unas semanas en mi página de autor en Facebook); de modo que este post es una recopilación de ambas cosas más el segundo capítulo.

Aquí va.




1

Tragedia #2


 

Extracto del Kémerovo Press, 6 de junio de 2015, primera plana:

NIÑA SE AHOGA EN EL RÍO TOM
             
Una niña se ahogó la tarde del viernes 5 de junio en las orillas del río Tom.
Milenka Guseva, de tan solo nueve años de edad, fue víctima de un desafortunado suceso que terminó con su vida a pocos metros de su casa.
Según relata el testimonio familiar, la niña aprovechó un instante de descuido para escapar por la ventana de su residencia y escabullirse por el jardín donde, una vez fuera, cruzó la calle, atravesó un tramo de maleza y escapó hacia las orillas del río Tom, a ochenta y tres metros de su hogar.
El cuerpo sin vida de la niña fue encontrado por su padre, Yerik Gusev, que, al percatarse de la ausencia de su hija, comenzó una búsqueda desesperada e ininterrumpida. El cuerpo policial intervino en el lugar poco después del espantoso hallazgo.
Mientras se intenta aclarar la razón por la que la niña decidió escapar de su casa y desencadenar esta tragedia, el reporte forense informa que Milenka Guseva falleció por ahogamiento entre las cinco y las seis de la tarde. El análisis no reveló signos de violencia ni forcejeo, por lo que se concluye que su fallecimiento fue meramente accidental.
Los restos fueron entregados a la familia para propósitos fúnebres.
Como bien se sabe, en esta época del año, la playa salvaje que ofrece el río Tom, es el lugar predilecto de los ciudadanos; por ello es de total importancia recordar que perder de vista a un niño supone un riesgo de muerte.
La comunidad de Kémerovo ofrece sus condolencias al matrimonio de Yerik y Dascha, así como también a su hijo, Iakov Gusev.
Descansa en paz, Milenka.


***




2

Presagio de un reencuentro



Hans Buckner caminaba por una desolada carretera.
Algo extraño se percibía en el aire, como si se anticipara una gran tormenta. El ambiente parecía cargado de electricidad y no se registraba un atisbo de brisa. Existía, en cambio, un silencio abrumador que llenaba cada rincón, y una quietud de alarmante fragilidad: la calma que le precede a una catástrofe inminente, el vaticinio de una destrucción.
Andaba por la línea blanca y discontinua que dividía la carretera en dos carriles. Ni siquiera se le pasó por la mente el peligro que corría al avanzar despreocupadamente por el centro del camino, pues si hiciera lo mismo en la ciudad de Nueva York (donde había nacido y crecido) sería arroyado por un automóvil inmediatamente después de los bocinazos de advertencia, pero por suerte (o desgracia, si cabe decir) no se encontraba en su ciudad natal. Estaba en Catatonía: la ciudad de los Latentes, donde la soledad era tan inmensa que los pensamientos se escuchaban, donde cualquier otra cosa además de los pasos sobre el pavimento o la respiración entrecortada, era resultado del viento silbando entre callejones oscuros.
Hans Buckner miró a ambos lados y vio edificios bajos, aparentemente abandonados, donde el interior era un mundo ciego; entre estos, estrechos callejones abrían sus bocas que tragaban la soledad que emanaba de las calles. Sin detenerse miró sobre su hombro, arraigado a la punzante sensación de que alguien se acercaba hacia él, pero en vez aliviarse al no ver a nadie al acecho, se inquietó al descubrir que tampoco lo acompañaban sus amigos.
—Se han ido —dijo, y su voz retumbó en su interior como el eco de un pensamiento.
Los buscó por un breve instante, solo para percatarse, con sumo terror, que él era el único habitante en aquella ciudad. Su corazón se aceleró y retumbó con fuerza de tambores.
Tuvo la necesidad de llamarlos, no podían estar tan lejos, no podían haberse atrevido a abandonarlo en ese horrible lugar sin apenas despedirse. No con todo lo que habían atravesado en la selva de los Tristes.
—Anatema… —susurró, reconociendo que apenas había podido recordar aquella palabra y todo lo que significaba para él.
Sin embargo, cuando intentó llamar a sus acompañantes, se dio cuenta que no recordaba sus nombres. Uno era un chico como él, de cabello castaño y ojos azules; el otro tenía el cuerpo de un león, enormes alas sobre el lomo, y la cabeza de un hombre delgado. Pero, ¿cómo se llamaban? ¿Por qué no podía recordarlo? ¿Dónde estaban?
—¿Dónde…? —preguntó, pero se detuvo al volver la cabeza hacia delante.
En ese punto la carretera terminaba de un modo tan abrupto que parecía obra de una ilusión óptica (¿y no era todo aquello una ilusión?). Donde el pavimento terminaba, comenzaba una pequeña extensión de terreno árido, y después se levantaba, majestuosa e imponente, la mismísima Torre Penumbrosa.
—Aquí es…
Era extraño, nunca antes había visto la torre en la que la Reina Umbra tenía secuestrado a su hermano para sacrificarlo en honor a su hijo, el Impío, pero, de algún modo, Hans Buckner sabía que aquella construcción de altos chapiteles era el lugar donde se encontraba capturado su querido…
—Sigvert —llamó, sintiendo un fogonazo de alegría al corroborar que, al menos, no se había olvidado el nombre de su hermano.
—Aquí estoy, Hans —pronunció una voz.
Aunque más débil que de costumbre, indiscutiblemente era la voz de su hermano. Hans bajó la vista de los chapiteles a la entrada alta de la Torre Penumbrosa. Allí mismo se encontraba Sigvert Buckner.
—¡Sig! —exclamó Hans al verlo, pese a que todavía su voz se escuchaba dentro de su cuerpo y no fuera—. ¡Te he encontrado! ¡Al fin te he encontrado!
Se abalanzó hacia delante y comenzó a correr, pero cuando el pequeño extendió las manos pidiendo con gestos que se detuviese, sintió que su cuerpo se hacía lento y pesado.
—¿Qué sucede? ¡Sigvert, acércate! ¡No puedo avanzar!
—No, Hans —contestó el niño.
—¿Qué? ¿Qué estás…?
—Hans, detente ahí. Es peligroso.
—¡Sig, tenemos que volver! ¡Papá y mamá deben estar preocupados!
—No. —Las voces comenzaban a escucharse en un eco insoportable—. Hans, escúchame. No vengas a la Torre Penumbrosa. Es peligroso, ¿entiendes?
—¿Qué es lo que estás diciendo? —Aunque los movimientos cada vez eran más lentos y requerían mayor esfuerzo, sus lágrimas corrían despiadadamente por sus mejillas—. Sigvert, tenemos que volver. No pertenecemos aquí. Deja que vaya a buscarte.
—Morirás si lo intentas.
—Pues no me importa. Lo único importante es que tú vuelvas a casa.
—Estoy muerto. No puedo volver y tú lo sabes.
—Pues, al menos déjame sacarte de allí. No puedes quedar en ese lugar. Te van a…
—Lo sé, pero no hay nada que podamos hacer. Así que quédate donde estás y deja que la oscuridad te encuentre.
Los músculos de Hans dejaron de reaccionar, estaba completamente paralizado, notaba que todo su cuerpo traspiraba por el esfuerzo que había hecho al querer moverse. Sentía que le empezaba a faltar el aire.
—No puedo dejarte allí —sollozó y, de repente, se tumbó al suelo, falto de fuerzas.
En océanos…
Sigvert había recitado algo más, pero el cielo emitió un rugido desaforado que hizo temblar la tierra. Hans siguió en el suelo, con la cara empapada en lágrimas y sudor cuando miró hacia arriba y vio lo que acontecía. Las nubes azules de repente lanzaban chispazos de fuego. Un viento caliente levantó tierra por todas partes y Hans chilló cuando una ráfaga le azotó la cara. Algo estaba pasando en aquel lugar; finalmente, el instante previo a la tormenta había terminado y ahora la catástrofe hacía su aparición.
En océanos negros yace… —volvió a recitar Sigvert.
Hans le dirigió la mirada, pero su figura se desdibujó. Un remolino se acercó a él y su silueta pareció evaporarse en el espiral de viento y tierra.
—¡Sigvert! —gritó Hans a todo pulmón, descubriendo que ya no le quedaba aire.
Entre truenos, las nubes formaron remolinos que cambiaban del azul oscuro al naranja eléctrico. Al principio giraron lentos y pacientes, pero ni bien cobraron fuerza, la velocidad llenó de horror a Hans, porque en cierta manera predecía lo que se avecinaba. ¿Y acaso todo aquello no era una predicción?
Los remolinos desprendieron fuego en largas lágrimas, y la incandescente lluvia cayó sobre Catatonía.
Y a solo un instante de la inevitable destrucción, Hans Buckner despertó de la pesadilla.




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9 comentarios

  1. Que genial!!!
    Desde que tuve la oportunidad de leer la historia gracias a la lectura conjunta me entra demasiada curiosidad por saber que más pasara :3 tengo teorías... XD
    Saludos!!!

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  2. Cuando Sale el libro? Me come la curiosidad de saber como sigue xDD

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  3. ¡Jooder!
    ¡Esto está genial! Muero por descubrir qué es lo que sucederá con Hans y Sigvert. Este fragmento me ha dejado sin palabras. Me has hecho emocionar y ni siquiera fue un capítulo entero. ¡Estupendo! En verdad me encanta tu pluma, Marcos.

    Por cierto, Soy Nina Benedetta ;P

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  4. :(
    Lo continuarás, ¿verdad?
    Amo Niños del inframundo

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  5. cuando sale el libro??? ya quiero leerlo u.u

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  6. Saben donde puedo comprar el Libro pero la segunda parte ???

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  7. Amigo, solo danos una señal!! Sabemos que podes hacer realidad los ultimos dos libros!! Vamos animooo

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